EL DIA QUE EL PERRO FRENO EL BOCHIN.

 

   Fría tarde de invierno. Promediaba la década del ochenta. Advenimiento de la democracia en nuestro país. Y una vez más estábamos ficticiamente bien económicamente, es decir, había un dinero circulante en la sociedad. Pero,  -¿qué cosa no?, siempre hay algún pero - ya la inflación comenzaba a hacer mella en nuestros bolsillos. Ese era el panorama nacional en aquel 1984. Vamos a lo nuestro, las bochas. Siempre me dijeron que la zona fronteriza entre Santa Fe y Córdoba era donde más se jugaba a las bochas al campo. Estamos hablando de la región central de estas dos provincias. Ahí nos dirigimos. Específicamente a la ciudad de San Vicente. De paseo me dijeron en aquel entonces, pero el motivo, que prefiero obviar, era otro para ese viaje. Renault 12 rojo, dos tíos de piloto y copiloto, sumados a mi padre y a mí éramos los que conformábamos la “tripulación”.

   Llegamos a San Vicente, a lo del Tío “Patita” justo para la hora del almuerzo. El anfitrión amenazó de entrada: “No saben lo que es esto a la siesta – señalando el baldío de al lado de su casa -. Acá si que se juega a la bocha...” Su mujer, o sea mi tía, asintió con la cabeza.

   Almuerzo, sobremesa acotada para algunos. Y de ahí al campito. En bicicleta, auto, a pie, como sea iban llegando los bochófilos. La mayoría con el bolsito  en mano y las bochas torneadas por el “Viejito” de San Vicente (digo “Viejito” cariñosamente, no sé su nombre, pero sé que era una eminencia en esto de achicar, torno mediante, las bochas). Ese hombre junto a su esposa también eran conocidos en su pueblo porque siempre tenía la mesa puesta.

   Y se armaron los partidos nomás. Bochas para acá, bochas para allá. Y de pronto este escenario natural, frente a la Fábrica de Placas del Turco Jalil (aquel que en las paredes del pueblo había puesto “Después de Dios, Menem”) se paralizó con la llegada de dos pesos pesados. Uno era local, estamos hablando de “Bayoca” Enría. El otro venía de San Francisco, su nombre ya lo había escuchado pese a mi escasa década de vida: el “Negro” Tránsito.

   Y se armó el desafío. El plato fuerte: Bayoca frente al Negro. Mi papá, el tío Roque y yo, pegados al cordón humano que se armaba para rodear la jugada. Mi otro tío, el cuarto integrante de la “tripulación” seguía con su sobremesa. Arrime, levantes, bochazos; todas las variantes del juego al campo en este partido. Buen nivel de los dos, quizás en aquel entonces los máximos exponentes en terreno natural. Y lógicamente, como diría un amigo, le ponían cola al barrilete. Muchas apuestas. Al partido, al acuse, al bochazo...si alguien hubiese preguntado, ¿jugamos al carnaval?, seguro que le respondían: ¿por cuanto?.

   Primer partido para “Bayoca” y alegría desmesurada en mi entorno, claro, yo por mi edad no entendía muy bien de que se trataba.  Y ahí nomás, sin pausa para los comerciales amigos  arrancó el segundo partido. Más parejo que el anterior. Además se jugaba contrareloj, ya que no quedaba mucho de luz solar. Y lo parejo del partido se tradujo en un 11 a 11 (al campo se juega a 12). Y ahí aparece en escena mi otro tío, el que había quedado de sobremesa. Y más protagonismo no podía tener. Bochazo, bochiní que pega en su cuerpo y el coro que dijo: “Dele corra señor”. Ah, el reglamento del campo también establecía que si una persona frenaba el bochín accidentalmente tenía que tirarlo para donde él creía que iba.  Y mi tío, con algunos duendes del Dios Baco encima, sumados a su desconocimiento de las apuestas arrojó el bochín para las bochas del Negro Tránsito que fue quien se quedó con el segundo chico. La desazón rodeaba las caras del Tío Roque y de mi papá, claro, ellos habían apostado a Bayoca. No hubo tiempo para el bueno. Sólo quedaba liempo para reproches y caras largas. Recuerdo que en la cena no había el mejor clima, claro, podían haber ganado unos buenos pesos para la apremiante economía de aquellos años, si no fuera porque mi tío tiró mal el bochín. Eso si, nadie en nuestra familia olvida ese día, la tarde en que el “Perro” Villalba frenó el bochín.